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Cuadrar la caja

 Por Graziella Pogolotti 

25 de Febrero del 2017

Dicen los creyentes en la Regla de Osha que soy hija de Obatalá. No lo he comprobado. Lo cierto es que mi color es el blanco, símbolo de pureza, y entre los metales preciosos prefiero la plata al oro. Importa sobre todo que la cochambre, en lo físico, en lo moral y en lo laboral, me produce alergia de extrema virulencia. Por esas razones, quizá, el tema de los valores me obsesiona e induce a observar con mucha atención la realidad del comportamiento humano, incluidas sus motivaciones.

Por lo regular, no nos hemos entrenado en registrar cuánto revela nuestro modo de hablar, matizado por expresiones que desaparecen y reaparecen con nuevos sentidos. He comentado en alguna otra oportunidad la sorprendente antigüedad del grito ¡agua!, a modo de alerta dirigido a los transeúntes. Su origen está, según contara alguna vez un investigador, en la tradición decimonónica de vaciar los orinales desde ventanas y balcones hacia la calle. Se advertía así a los paseantes que detuvieran la marcha, para evitar un inesperado baño en tan pestilente líquido.

Cuadrar la caja es una práctica contable que se realiza al cierre de las operaciones de cada jornada. En el lenguaje metafórico de la cotidianidad, significa establecer una relación cómplice entre varios para salvaguardar, en el ámbito institucional, sus intereses personales, llevados en ocasiones al desvío de recursos. Implica conciliar ventajas individuales y compromete a cada uno, en caso de verificación externa, a encubrir la verdad de cada cual a favor de los restantes. Pueden constituirse en redes minúsculas, aunque existe la posibilidad de encadenar, en compleja secuencia, territorios más extensos. A escala rudimentaria, tiene como referente conductas de raigambre mafiosa. Socava las normas establecidas para el control interno y lacera profundamente principios de ética individual y pública. Quien se mancha las manos con tan veleidosa actuación, resbala por una peligrosa pendiente. A la larga, estará sujeto al posible chantaje de sus cómplices. Así pueden precipitarse al abismo personas otrora decentes.

Todos sabemos que, a pesar de las regulaciones existentes, los papeles pueden mentir tanto como las personas. Las noticias de cada día, procedentes de todos los continentes, muestran un universo inficionado por una gigantesca corrupción. Los insaciables tiburones disponen de paraísos fiscales, de testaferros y de la connivencia de los representantes de los tres poderes instituidos por la democracia burguesa. La desconfianza en los políticos y en las instituciones se acrecienta, conduce a la apatía a la hora de enfrentar los problemas de la sociedad, al escepticismo y a la lucha individual por la supervivencia. Al amparo de ese panorama, se llevan a cabo los «golpes suaves», como el que se produjo contra la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff.

Concebido como proyecto social, político, económico y cultural, el socialismo puede ofrecer vías para iniciar un viaje a contracorriente, con el propósito de rescatar los principios éticos de una auténtica condición humana. Mediante un proceso que no habrá de ser solución milagrosa conquistada en un día, todo comienza por no considerarnos asalariados, sino propietarios reales de los bienes de la nación. La fórmula pasa por la marcha ininterrumpida hacia una participación efectiva en las decisiones que competen a cada institución. Todo empieza por entender con claridad el camino trazado en ese pequeño espacio donde tan bien se está, que se moldea con las manos y la iniciativa de todos y cada uno. Entonces, compartir tareas implica también afincar el sentido de la responsabilidad individual y colectiva, porque ambas han de andar juntas en permanente  rejuego dialéctico. Así debiera suceder también en el hogar y en la escuela, como integrantes del proceso formador de la persona.

Nuestros antepasados, los simios, tienen particular talento para incorporar con rapidez lo que ahora denominamos know how. Cuando los monitos verdes se escaparon del zoológico y se multiplicaron velozmente por la periferia de la ciudad depredando sembradíos y cosechas, el empeño por atraparlos resultó complejo. No podía utilizarse dos veces la misma trampa, porque la manada aprendía la lección de inmediato, transmitía la información y eludía el peligro.

En la conquista de la posición erecta y mediante el uso de las manos, fuimos modelando el universo que nos rodea. Incentivamos con ello también la multiplicación de las interconexiones en nuestro tejido nervioso. La consolidación de la columna vertebral proyecta la imagen de una dignidad irrenunciable. Permite, así mismo, otear el horizonte distante, para convertirnos en dueños del espacio y forjar sueños que habrán de constituirse en matrices de una capacidad transformadora. Durante milenios, Ícaro encarnó el sueño de poder volar hasta que, poco a poco, atravesando obstáculos y mejorando el diseño de los proyectos, aprendimos a hacerlo.

Cargada de años y de dolencias, vivo la permanente tensión de disponer de un potencial enérgico equivalente a un Mig, metido en el frágil caparazón de una avioneta ejecutiva. Esa contradicción es fuente de angustia y, a la vez, estímulo de un imperecedero amor a la vida. A escala de la persona y de un país, soñar en grande contribuye a sobreponerse al agobio de lo cotidiano. Constituye la raíz profunda de la historia que nos acompaña en un obrar capaz de sobrepasar en mucho la dimensión real de nuestra Isla.

Hay que cambiar las reglas del juego y cuadrar la caja de otra manera. Tras disputar migajas, se traducen apenas en la ilusión de solucionar, junto a lo más apremiante de nuestras carencias, algún que otro pacotilleo. Sin lugar a dudas, el daño mayor procede de los tiburones que se benefician ilícitamente de lo mal habido. Para cortar como la yerba ese mal, tenemos que apelar al control social y a la denuncia pública. El mal ejemplo conduce a la proliferación de minúsculos insectos silenciosos que corroen el cuerpo de la más sólida edificación. Cuadremos la caja en defensa del bien público por razones de orden ético y porque de su mejor administración debe dimanar la calidad de vida que todos necesitamos.

Tomado de Juventud Revelde

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