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La Sala Cubana de la BNCJM y el estudio de las guerras por la Independencia de Cuba.

La Sala Cubana de la BNCJM y el estudio de las guerras por la Independencia de Cuba.

Por René González Barrios

Quiero, en esta solemne fecha, rendir con mis palabras homenaje a José Martí, inspirador de la gesta de la que hoy conmemoramos el 120 aniversario, a los próceres que lo acompañaron en el sagrado desafío, y a un pequeño colectivo de la gran familia de la Biblioteca Nacional de Cuba estrechamente vinculado al estudio de nuestras epopeyas libertarias; la Sala Cubana.

La fecha nos obliga a reflexionar sobre el histórico suceso y en tal ocasión, pretendo detenerme en analizar la concepción solidaria que impulsó el pensamiento de los tres grandes de la guerra: Martí, Gómez y Maceo.

La causa de la independencia de Cuba estuvo siempre vinculada a la independencia americana. Bajo el impacto de las revoluciones continentales de principios del siglo XIX, patriotas cubanos viajaron a México y Venezuela en busca de apoyo a la causa libertaria de la isla. Surgiría en México la Gran Legión del Águila Negra y en Venezuela la conspiración de los Soles y Rayos de Bolívar. Cientos de cubanos se dirigieron a ambos puntos y en lo que esperaban la ayuda, se sumergieron en los conflictos de entonces hasta echar su suerte en ellos.

Así vemos cubanos combatiendo en Junín, Carabobo y Ayacucho, o en El Álamo, San Jacinto, Monterrey o Chapultepec, en Venezuela y México respectivamente. Treinta cubanos alcanzaron el generalato combatiendo en México contra texanos, norteamericanos y franceses. Otros fueron coroneles y oficiales junto a Bolívar, participarían años después en la guerra de Secesión, o apoyarían a los patriotas dominicanos a expulsar a España durante la guerra de Restauración.

Aquel reflujo de patriotas cubanos en diferentes direcciones, dejó una huella solidaria que tendría fiel reflejo en la Guerra de los Diez Años, donde varias naciones reconocieron la beligerancia de las armas cubanas y organizaron o enviaron expediciones armadas a luchar por la independencia de Cuba. En todo caso, la causa de la independencia de Cuba nació unida a la de Puerto Rico.

El Padre de la Patria Carlos Manuel de Céspedes, visionario, anunció bien temprano en la Guerra Grande, el papel de Cuba en el equilibrio americano. En 1870 encomendaría al subsecretario de la Guerra del Gobierno de la República en Armas, marchar a Nueva York para desde allí organizar y llevar a Puerto Rico una expedición libertaria.

Cientos de extranjeros nutrieron en aquella guerra las filas mambisas, ocupando los más elevados puestos. Dos fueron jefes del Ejército Libertador; el norteamericano Thomas Jordan y el dominicano Máximo Gómez, y tres, secretarios del gobierno en armas: el dominicano Manuel de Jesús Peña y Reynoso y los venezolanos Cristóbal Mendoza y José Miguel Barreto, de interior, exteriores y guerra, respectivamente.

Pero al simbolismo de la presencia extranjera en las filas mambisas en las guerras Grande y Chiquita, se une la concepción y los proyectos revolucionarios que se gestaron en pos de la nueva contienda.

Máximo Gómez y Antonio Maceo, en 1878 concibieron la fundación de la Liga de Las Antillas y una revolución social en comunión con dominicanos y puertorriqueños. José Martí y Máximo Gómez concibieronen 1892 crear un partido para organizar la guerra de Cuba y auxiliar la de Puerto Rico. Así quedaría plasmado en las bases del Partido, que surge con una fuerte sección Puerto Rico, que llegaría a organizar un proyecto independentista a fines de 1895 y principios de 1896, misión que encargarían al general puertorriqueño Juan Rius Rivera, veterano de los Diez Años, hombre de Maceo y de Baraguá.

Antonio Maceo, distante en la distancia de ambos paladines por sus trabajos en el Pacífico costarricense en La Mansión, Nicoya, se vinculó estrechamente con el liberalismo radical latinoamericano encabezado por el general ecuatoriano Eloy Alfaro, con quien alimentó la idea de refundación de la nueva Gran Colombia, en este caso, con Las Antillas incluidas.

Fueron dos proyectos libertarios paralelos, con la solidaridad como bandera común. Maceo, disciplinado como era, subordinó el suyo a la obra martiana, pero apoyó firmemente el proyecto alfarista.

La guerra en Cuba sería el mejor escenario para demostrar la solidaridad. Los boricuas se integrarían a la causa como propia. Betances representaría a Cuba en París, y Hostos en Venezuela y República Dominicana. Sotero Figueroa sería el Editor de Patria, el general Rius Rivera traería a Cuba la expedición del ThreeFriends y sustituiría a Maceo en Pinar del Río, Modesto Tirado sería Jefe de Despacho del Presidente Masó, y el poeta Marín, amigo de Martí, vendría a Cuba, tras los restos de su hermano mambí muerto en combate, para correr igual suerte. Lola, la inspirada poetisa, profetizaba que Cuba y Puerto Rico eran de un pájaro las dos alas, y el ex esclavo Juan Betances, enarbolaba en los campos de batalla de la provincia de Matanzas, junto a la enseña cubana, la bandera puertorriqueña que su mentor el Dr. Ramón Emeterio Betances, le enviara desde París.

La guerra del 95 fue antimperialista y solidaria en su concepción. Tres proyectos analizó el gobierno de Cuba en Armas para llevar expediciones a Puerto Rico y una propuesta de ayuda a los revolucionarios filipinos. Varios extranjeros ocuparon importantes puestos en el mando mambí. Con el triunfo de la causa de Cuba, nuestros próceres querían asegurar, con unas Antillas soberanas y unidas, el equilibrio continental ante el expansionismo yanqui.

Como en la gesta anterior, los campos de Cuba fueron en esta un mosaico de solidaridad. Fermín Valdés Domínguez, el fiel amigo de Martí, diría en su Diario de soldado que la nueva guerra era una Sambumbia. En plena manigua encontró, fusil en mano, a un combatiente holandés.

Más de dos mil combatientes de toda América, de sur a norte, de Europa, África y Asia, combatieron en las filas mambisas. Hubo en la contienda un general chileno, tres colombianos, un venezolano, un puertorriqueño, dos dominicanos, un polaco y cinco  españoles. Pongamos como ejemplo cimero, que el abanderado del Consejo de Gobierno de la República de Cuba en Armas, era un español. Fue aquella una guerra por la libertad, sin odios, donde primó, por sobre todas las crueldades del conflicto, la decisión martiana de ser independientes o perecer en el intento.

De sus entrañas nació un pueblo rebelde y solidario que vio momentáneamente frustrada su independencia, con la intromisión norteamericana en los destinos de la isla.

Máximo Gómez sería el único sobreviviente en la paz,de los líderes que conformaron la idea primigenia del nuevo proyecto de nación. Martí y Maceo señalaron la ruta. El Chino Viejo, como cariñosamente le llamaban sus contemporáneos, previó el futuro de Cuba en la educación del pueblo, en la enseñanza de la historia, y en la consolidación de los mejores valores del ser humano. Parecía un profeta predicador del buen andar, hasta que la muerte en 1905 privó a Cuba de sus sabios y decisorios consejos.

La guerra que junto a Martí organizara el ilustre dominicano en comunión perfecta con humildes obreros y emigrados, pinos viejos y nuevos, fue un canto de gesta a la dignidad humana y un faro de luz al futuro luminoso de la Patria. Ciento veinte años después, inspiran y comprometen.

Mi segundo homenaje de este día va dedicado a la Sala Cubana o Colección Cubana, como oficialmente se nombra aquel espacio físico de esta casa monumental.

La primera vez que visité la Sala Cubana de la Biblioteca Nacional José Martí en 1979, quedé desconcertado. Era un joven estudiante de primer año de Licenciatura en Derecho de la Universidad de La Habana, sediento de saberes sobre nuestras Guerras por la Independencia. Por la bibliografía de algunos ensayos históricos leídos, conocía de los importantes fondos que la Sala atesoraba.

El desconcierto fue doble, pues, por un lado, los fondos eran tan inmensamente ricos que superaban mis expectativas, y por otro, allí encontré a algunos de los autores que me sirvieron de guía para llegar hasta ellos, sentados ante mí, hurgando en viejos libros, periódicos, folletos y manuscritos.

En la Sala Cubana de la Biblioteca Nacional José Martívi por vez primeraa Jorge Ibarra, Juan Jiménez Pastrana, Zoila Lapique, Josefina Toledo, Nidia Sarabia, Ana Cairo, Raúl Rodríguez La O, Gualterio Carbonel, Newton Briones, Ramón de Armas, Emilio Godínez Sosa, César García del Pino, Francisco Pérez Guzmán, Gustavo Placer, Ángel Arguelles, Pedro Pablo Rodríguez, Salvador Morales, entre otros talentosos y abnegados investigadores. Digo abnegados, porque solo con una dedicación en cuerpo, alma, y espíritu, durante muchas horas y con constancia y disciplina sacerdotal, se puede desentrañar de entre montañas de papeles, la luz del conocimiento. Aquellos eran hombres y mujeres ejemplares dignos de imitar.

Quiero llamar la atención sobre el ambiente de camaradería, fraternidad y solidaridad profesional que primaba entre los investigadores que en ella se reunían y la profesionalidad de los trabajadores de la Sala. En mi irrefrenable obsesión de conocimiento y mi pasión por la historia de nuestras gestas independentistas, siempre conté con la orientación precisa y cordial, de aquellos colegas que nunca se detuvieron a meditar en mi edad, sino en mis propósitos, que noblemente asumieron como propios.

Mis dudas, fueron sus dudas; mis inquietudes, las suyas. No me faltó la orientación precisa o la recomendación de un fondo, un periódico, o una obra, ni el desprendimiento para obsequiarme un libro, artículo o documento que pudiera resultarme de utilidad. La grandeza de los investigadores está en su nobleza de miras y no en el monopolio del conocimiento. Eso lo aprendí entre aquellos hombres y mujeres en Sala Cubana.

Allí se forjó una sólida familia antillanista compuesta por estudiosos de la independencia puertorriqueña como Ramón de Armas tras Eugenio María de Hostos, Emilio Godínez con Ramón Emeterio Betances, Josefina Toledo con Sotero Figueroa e Inocencia Martínez Santaella, y yo, con mis andanzas tras los pasos del mayor general Juan Rius Rivera y del poeta mártir Francisco Gonzalo Marín, Pachín, el diseñador de la bandera boricua, que murió defendiendo su patria en los campos de Cuba Libre.

Aquel ambiente era de pura y sana espiritualidad. La Sala guardaba –y aún guarda–, un encanto casi místico. Por entonces cerraba a las nueve de la noche y casi éramos expulsados los que no queríamos desprendernos de nuestras fuentes. Una sonrisa tuvimos siempre de Yuya, Nilda, Mariana, Nancy, Ana Margarita y todos los que allí prestaban servicios.Nada puede un investigador sin la imprescindible ayuda y complicidad de los bibliotecarios y archiveros. Ellos son nuestro vínculo útil e imprescindible con el documento y el conocimiento.Son nuestros confidentes historiográficos.

En mi caso, dadas mis funciones como oficial de las FAR no dedicado profesionalmente a la labor de historiador, no hubiera podido avanzar en mis investigaciones sin el apoyo decisivo de aquel colectivo. A la altura de tantos años, aprovecho la ocasión para pedir sinceras disculpas a esta institución por convencer a mis amigos de Sala Cubana a separarme los libros y periódicos que consultaba, por más tiempo del establecido. Gracias a esas nobles violaciones, pude terminar entre 1986 y 1997, en medio de mil avatares como joven oficial de las FAR, mis libros La Inteligencia Mambisa; Almas sin fronteras. Generales Extranjeros en el Ejército Libertador; Los capitanes generales en Cuba. 1868-1878; y El Ejército Español en Cuba, 1868-1878.

La Sala Cubana de la Biblioteca Nacional José Martí guarda en sus fondos uno de los tesoros más valiosos, para el estudio de nuestras gestas independentistas. A los excelentes libros que atesora, se unen las colecciones de periódicos, manuscritos y recortes.

En cierta ocasión un militar español me preguntó cuándo había visitado España para escribir mis libros sobre el ejército español y los capitanes generales. No me creyó que ambas obras se elaboraron a partir de los datos existentes en Cuba, en su gran mayoría, en las fuentes de la Sala Cubana. La prensa de la época, el Boletín Oficial de la Capitanía General de la Isla de Cuba, la Guía de Forasteros de la Siempre Fiel Isla de Cuba, la Gaceta de La Habana, entre otros, están repletos de datos, que salen a flote con la agudeza y olfato del historiador.

Las cincuenta y tres colecciones de recortes, y más de ciento ochenta de manuscritos, esconden extraordinarios datos para el estudio de nuestras guerras de independencia. Lo mismo que periódicos como La Independencia, El Porvenir, el Yara, Patria y otros de la emigración cubana en New York, Cayo Hueso, París, República Dominicana o México, donde se revela y siente el latir y el pulso de las emigraciones cubanas y de la guerra en el exterior.

Son cientos los misterios documentales de la guerra que guarda la Sala Cubana. Quiero poner sólo un ejemplo revelador. En la colección de manuscritos, Arredondo, que recopila la papelería del teniente coronel del ejército Libertador Francisco de Arredondo Miranda, se describen las particularidades de la agitada vida del exilio cubano en Venezuela durante la Guerra del 95, y una pieza verdaderamente reveladora vinculada con la vida de nuestro Héroe Nacional. El general y ex presidente venezolano Antonio Guzmán Blanco, el hombre que expulsó de Caracas al Apóstol de la Independencia de Cuba, aceptó del Centro Propagandístico Cubano Martí, de Caracas, en 1895, el nombramiento de Presidente Honorario. Con el poeta venezolano Eduardo Calcaño, envió desde París su tarjeta de presentación –archivada en esta colección–como muestra de aceptación del título, y el mensaje de que “…era admirador de todo pueblo que aspiraba a ser libre; mucho al de Cuba, por el que siempre ha sentido inmensas simpatías.”

De hecho, para reconstruir la vida de la emigración cubana en Venezuela y el apoyo de aquella nación a la causa de nuestra independenciadurante los treinta años de lucha, me fue imprescindiblepara mi libro Cruzada de Libertad, Venezuela por Cuba, la consulta de los datos que aportaban, las colecciones de manuscritos Arredondo, Morales, Ponce, y de recortes García, Pérez y López.

En la colección facticia Vidal Morales, y en Misceláneas, se hallan documentos trascendentales para el estudio de las guerras de Cuba en temas vinculados con las expediciones mambisas, la emigración cubana, las interioridades de la vida en la manigua, el espionaje en nuestras guerras, la poesía mambisa, el papel y lugar de la mujer en la gesta y el alto mando español en Cuba. Pensando en género, para quienes quieran escribir sobre las heroínas de la guerra, aquí hallarán decenas de documentos de Magdalena Peñarredonda, Rosario Sigarroa, Marta Abreu y la poetisa boricua Lola Rodríguez de Tió.

Investigando en los fondos de Sala Cubana el alto mando español en la guerra de los Diez Años, me ocurrió un hecho insólito, inexplicable, nada científico. Llevaba varios días leyendo insaciablemente todo lo que me caía en las manos sobre el general español Arsenio Martínez de Campos. Mi curiosidad se fijó entonces en la figura del general francés al servicio de España, Carlos Detenré y Garnier, subordinado de aquel, a quien perdí la pista en 1870 luego de algunas operaciones en la Sierra Maestra.

Por aquellos días revisaba ejemplares de 1875 de La Ilustración Española y Americana. Una noche, me quedé dormido inmerso en la lectura del libro Historia de la España Contemporánea, del británico Martín Hume. En mi sueño, me encontré con el general Martínez Campos a quien pregunté qué había sido de la vida del general Detenré y este me respondió que buscara en La Ilustración Española y Americana de 1880. Me desperté sobresaltado, anoté el dato y no dormí más.

A primera hora de la mañana estaba en Sala Cubana pidiendo los ejemplares de 1880. Mariana Ugalde, la especialista que me atendía, me recordó que aún estaba revisando el 75, pero le insistí en el año soñado. Cuál no sería mi sorpresa cuando en el ejemplar del 22 de enero leo en una nota necrológica: “Ilmo. Sr. Carlos Detenré, Brigadier de Ejército, muerto en Cádiz, en 26 de enero de 1879.” Me reía solo, parecía un demente. Martínez Campos me había dado la información. Ese divino encanto de viajar al pasado, dialogar con los protagonistas, sumergirte en la historia y ser parte de ella, aunque fuese una pura casualidad o presentimiento, lo sentí y viví en el ambiente único de la Sala Cubana.

Ahora que se acercan muchos ciento veinte aniversarios de gloriosas epopeyas, en tiempos en que la historia además de ciencia se convierte en un arma cultural y política, los fondos de esta Sala claman por revelar sus secretos. Lancemos el reto a los investigadores y hagámoslos partícipes de nuestro sincero entusiasmo y amor a Cuba. Demos nuevamente voz a aquellos visionarios cubanos que con paciencia y fe ciega en el futuro luminoso de la patria, recopilaron cientos de documentos o recortaron de la prensa los datos que consideraron trascendentales, para que la posteridad los empleara en pos de la verdad.

Honremos en este 24 de febrero a los próceres que nos dieron patria, a quienes visionarios preservaron nuestro patrimonio, a los historiadores que han estudiado y divulgado el pasado, y a los bibliotecarios que con tanto amor, en el mayor silencio, como dijera Martí, protegen con benigno celo el tesoro de sus instituciones, y contribuyen, como hombres de ciencia, al rescate de la Memoria Histórica de la nación.

Para quienes estudian las gestas por la independencia de Cuba habrá siempre dos templos de sabiduría y espiritualidad que no me atrevo a mencionar por orden de prioridad. Ellos son La Sala Cubana de la Biblioteca Nacional José Martí y el Archivo Nacional de Cuba. En ambos, los amantes de las glorias patrias, tendrán un inagotable manantial de historias para analizar, procesar, y convertir en sabia nutritiva del espíritu rebelde, soberano y solidario, que nos legaron nuestros mayores.

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