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La oligarquía criolla se ha cavado su propia tumba

Tomado de Correo del Orinoco

Las razones de por qué la oposición venezolana ha llegado a los niveles en que se encuentra se atribuyen a una larga hilera de torpezas, aunque lo cierto es que el chavismo, Chávez y Maduro, la han derrotado en todos los escenarios y circunstancias. La inmoralidad de sus líderes, su carencia de visión histórica, el desconocimiento y desprecio por la esencia de este pueblo, la venta de la patria a intereses externos, son algunos de los fardos que la han llevado hacia el precipicio

En los candentes debates que se dan entre chavistas en los grupos de Whatsapp, en Facebook y otras redes sociales figura el peliagudo tema de por qué la oposición oligárquica venezolana se ha ido consumiendo en estas dos décadas, sumergida en la charca de la violencia, de la conspiración, la corrupción, y cómo de fracaso en fracaso hoy luce derrotada y desmoralizada, apenas pendiendo del hilo externo de Washington, del apoyo colombiano y del Grupo de Lima, formado por gobiernos de derecha. Igualmente se intenta responder la interrogante de por qué la mayoría de la población sigue respaldando a la Revolución Bolivariana, ayer con Hugo Chávez, hoy con Nicolás Maduro, en medio de tantas dificultades y de, incluso, sufrimientos. Los debates ocurren “en caliente”, en medio de un torbellino de acontecimientos que se suceden uno tras otro, a veces simultáneamente, lo cual complica aún más la argumentación. Un periodista dijo que desde que Hugo Chávez llegó al poder en 1999, en Venezuela “no había habido un día calichoso”, desde el punto de vista noticioso.

Se observa que el estamento opositor, envalentonado con el apoyo de los medios de comunicación social, que figuraban como punta de lanza, en una primera etapa tomaron el camino de la opción violenta tradicional, simple y llana, del golpe de Estado directo. Esa primera fase, que se inicia con el golpe de abril de 2002, se extiende hasta la conspiración petrolera de diciembre de ese mismo año, y que se prolongó hasta enero y febrero de 2003, cuando Carlos Ortega afirmó: “El paro se nos había ido de las manos”. En este lapso, la patronal Fedecámaras y demás grupos económicos, enceguecidos por la soberbia de clase, con el aparato productivo, industrial y comercial bajo su control, soltaron toda la caballería y los medios con que contaban, entre ellos el apoyo de la embajada estadounidense, contra el comandante Chávez. En abril, cuando depusieron a Chávez, el alborozo en el Palacio de Miraflores, con el cuadro de Bolívar tirado en el baño, les duró menos de 72 horas. En el golpe petrolero posterior la arremetida fue brutal y lograron sabotear y paralizar la empresa. Luis Giusti, el último presidente de Pdvsa en la Cuarta República, había dicho meses antes, palabras más, palabras menos, que sería difícil para cualquier gobierno sobrevivir a una paralización de la industria. Los ideólogos de la conspiración apostaron a que Chávez, obligado por la contundencia del paro, al cual se sumaron el sector industrial, el comercial y los medios de comunicación, renunciaría forzado por la gravedad de las circunstancias. Sin embargo, Chávez afrontó el golpe con éxito y salió fortalecido.

En aquellos conflictivos años de 2002, 2003 se inició la modalidad de las guarimbas como método de lucha opositora. Entre el pueblo se impuso el lema, voceado en cada concentración de “Uh, ah, Chávez no se va”. Luego vino el llamado “goteo” de un grupo de militares, unos 120, que un día tras otro, tratando de mostrar una atmósfera de descalabro y desobediencia en el estamento castrense, se fueron a la plaza Altamira a proclamar su inconformidad con el régimen, rodeados de abundantes micrófonos, luces y cámaras. Chávez, al contrario de lo que medio mundo esperaba, desechó la opción de tomar la plaza con un pelotón y acabar con aquella especie de pantomima, y los fue dejando que se consumieran en su propia salsa. A las pocas semanas, el alboroto de plaza Altamira solo sirvió para fijar en la memoria a este lindo espacio del este caraqueño como un símbolo de los desmanes de la sinrazón de la extrema derecha opositora.

A partir de 2003, los grupos económicos, derrotados y cuestionados, decidieron abandonar el protagonismo público en su intento por defenestrar a la Revolución Bolivariana y continuaron trabajando y aportando tras bastidores, mermando la producción, aumentado los precios de los alimentos y bienes esenciales, animando la inflación y el ataque a la moneda, y cooperando con las iniciativas de descalabro de la economía y la vida cotidiana de los venezolanos. La confrontación política pública directa se la dejaron a los medios de comunicación, pero estos también fueron derrotados, y a la extrema derecha, principalmente al partido Primero Justicia.

Somos de verdad

En los primeros años de confrontación se acumularon suficientes elementos y evidencias para el intento de trazar un perfil de la oposición venezolana, o la oligarquía criolla, así como sus métodos y armas de lucha con el fin de borrar del mapa a la Revolución Bolivariana, a sus líderes y a todo lo que oliera a chavismo y socialismo. La corriente violenta que priva en su seno, que explica y ha dirigido su comportamiento en estos 20 años, se debe, dicen no pocos analistas, a la imperiosa necesidad de eliminar la Constitución aprobada mediante consulta pública en diciembre de 1999, y cuyos postulados e inspiración bolivariana les dificulta o imposibilita volver al statu quo, al sistema político y económico de groseros privilegios, que privó en la Cuarta República. El cambio de la Constitución les resulta cuesta arriba por la vía pacífica y electoral. La aprobación de las 49 leyes, mediante la Ley Habilitante, el 13 de noviembre de 2001, mostró el carácter inequívoco del proceso de cambios sociales y del nuevo modelo de país impulsado por Hugo Chávez en el marco de la nueva Constitución.

En la enumeración de algunas de las características y conductas que caracterizan a la oposición venezolana, al menos de quienes han dirigido la batalla política y la confrontación, se cita su ceguera histórica y la carencia de una adecuada lectura de los tiempos que cursan y el mundo que se avecina, impulsado por el fracaso del sistema capitalista, depredador, voraz, explotador, sanguinario y destructor de la naturaleza. Ese capitalismo quedó de nuevo en evidencia con la pandemia de Covid-19, adosada por las protestas indignadas en Estados Unidos tras el cruel asesinato por asfixia del afrodescendiente George Floyd a manos, una vez más, de un agente policial. Además, a la oligarquía criolla se le en rostra la carencia de talla, de solvencia moral y estirpe política de sus líderes y dirigentes; tampoco ha logrado hilvanar un proyecto sincero y alternativo al chavismo y al socialismo del siglo XXI bajo los parámetros de la Constitución de 1999. El pueblo ha visto cómo en estos años han utilizado la violencia, han contratado mercenarios, paramilitares colombianos y delincuentes criollos para asesinar a la dirigencia bolivariana e intentar el magnicidio de Hugo Chávez y de Nicolás Maduro. Otra pata por la que cojea es el uso contumaz de la mentira en los medios de comunicación, en la fabricación de matrices de opinión, de campañas de manipulación o la publicación de lo que ahora llaman “fake news”. Nicolás Maduro lo ha repetido muchas veces: “Nosotros somos de verdad”.

 

 

 

Por otro lado, han abonado el odio de clases y cultivado el racismo, han despreciado al pueblo e ignorando y desconocido su esencia, su idiosincrasia, así como a los pueblos indígenas; han insultado y ofendido a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana lanzando a sus pies granos de maíz o pantaletas para después rogarles que violen la Constitución con un golpe de Estado. Para colmo, han incurrido en el delito de traición a la patria al aliarse con el imperio estadounidense y solicitarle el uso de la fuerza militar para derrocar al Gobierno legítimo, han promovido la guerra económica, el bloqueo, la imposición de medidas criminales para impedir la compra de alimentos, medicinas, repuestos; abogaron por el ahorcamiento de Pdvsa, la confiscación de Citgo en Estados Unidos, de Monómeros en Colombia, el robo de las reservas de oro depositadas en Londres y el bloqueo de cuentas en bancos del exterior.

La dirigencia opositora se ha rodeado, además, de una suerte de asesores (algunos siniestros, que se autollaman pomposamente “estratega jefe”), de intelectuales y analistas, quienes la han conducido hacia el desfiladero. Estos “think tanks” tienen una horma de pensamiento que aplican a la realidad y extraen de ella un contenido erróneo ajustado a esa misma horma. Obtienen un cúmulo de distorsiones derivadas de prejuicios, postulados y teorías repetidas en universidades y centros de estudios de derecha.

Meneando el chicharrón

Aunque los medios opositores venezolanos se hundieron en el descrédito, y la mayoría de ellos desaparecieron o se refugiaron en páginas web, a menudo la dirigencia opositora radical y violenta continúa dando crédito a análisis y noticias publicados ahora, sobre todo, en medios del exterior.

En mayo de 2019, el diario El Nuevo Herald de Miami publicó en sus páginas: “Una encuesta de la firma caraqueña Meganalisis, cuyos resultados se publicaron el lunes, indica que el índice de aprobación de Guaidó ha bajado a 50 por ciento, tras la intentona de abril, de 84 por ciento que tenía en enero. Guaidó todavía es mucho más popular que Maduro —quien tiene un índice de aprobación del 4 por ciento—, pero la pronunciada baja es difícil de ignorar, dijo el vicepresidente de Meganalisis, Rubén Chirino Leañez”.

Más adelante, la misma nota refiere: “Según la encuesta de Meganalisis, 89 por ciento de los encuestados favorecen una intervención militar multinacional, y han abandonado la esperanza de que el cambio pueda ocurrir desde dentro. La encuesta entrevistó a 1.120 personas entre el 2 y el 4 de mayo, y tiene un margen de error de 3,2 por ciento”.

Otro medio opositor, Panam Pots, en su portal digital, el 5 de febrero de 2017 señala: “Hugo Chávez fue un hombre carismático e inteligente, pero sus triunfos se los debió, en gran medida, a la torpeza de sus opositores”.

Esa superioridad mediática se la creyeron en 2004, cuando fueron a un referendo revocatorio y salieron con las tablas en la cabeza. A la una de la madrugada todavía había gente votando por el Sí a favor de Chávez.

La mayoría de los medios e intelectuales de derecha suelen atribuir las derrotas de la oposición a sus torpezas y metidas de pata, lo cual es bastante cierto, y no a las virtudes, sagacidad, audacia e inteligencia del liderazgo chavista, así como a la elevada conciencia adquirida por el pueblo venezolano en estos años duros de batalla.

El golpe de abril de 2002, el paro petrolero de diciembre de ese año, fueron fríamente calculados por la oposición y limpiamente derrotados por la tenacidad y claridad de objetivos de Hugo Chávez con el respaldo popular. Las guarimbas de 2017 no fueron una acción torpe ni alocada. Estuvieron cuidosamente planificadas y contaron con logística y abundancia de recursos económicos, pero fueron derrotadas igualmente por una audaz e inteligente decisión de Nicolás Maduro al convocar a una Asamblea Nacional Constituyente.

Igualmente ha pasado con la escalada de medidas y ataques, violatorios de la legalidad internacional, acompañadas de amenazas, ordenadas por la administracion Trump, que constituyen la mayor agresión contra pueblo alguno lanzada por el imperialismo estadounidense. Además, se incluye todo el montaje conspirador de Colombia, y que Nicolás Maduro y el equipo que lo acompaña han sabido sortear con “calma y cordura, nervios de acero”.

Otro aspecto clave que explica el porqué del descalabro opositor, que se ha ido cavando su propia tumba, según se dijo en uno de estos intercambios de opiniones por las redes sociales, en contraste con el chavismo, se debe un tanto a la hechura de la dirigencia. Hugo Chávez está considerado el líder político más importante del último siglo en Venezuela. A estas alturas pocos dudan de su acierto cuando recomendó al pueblo venezolano, en aquella noche de diciembre de 2012, que eligiera a Nicolás Maduro como su sucesor en caso de circunstancias sobrevenidas. Chávez nació y se crio en el hogar humilde de Sabaneta de Barinas, Nicolás Maduro proviene de El Valle, un barrio caraqueño. Ambos se formaron en el fragor de la lucha por la vida.

“Yo he enfrentado miles de conspiraciones, hasta un atentado que me hicieron con drones”, señaló recientemente Nicolás Maduro.

Enrique Capriles Randonski, como candidato a la Presidencia se encontró un país distinto al del este de Caracas. En una de sus giras descubrió que la empanada era un poco de masa de harina de maíz con carne adentro. En el estado Bolívar descubrió el nombre de la sapoara y en un pueblo llanero se colocó en la cabeza un sombrero colombiano de rayas e ignoró el pelo de guama criollo; también dijo que él era como el chocolate. A María Corina Machado se le vio en un patio dándole vueltas a un caldero de chicharrones con una paleta de madera; esa era su manera de bajar un poquito al nivel popular. Por otra parte, en el historial político del autonombrado Juan Guaidó figuraba apenas el atrevimiento de haber mostrado las nalgas en una manifestación del partido Voluntad Popular.

T/ Manuel Abrizo
F/ Archivo CO
Caracas

 

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