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PARA EL AMIGO SINCERO

 

Por Felicita Rivero

Había una vez un niño que nació cuando Cuba padecía la mayor de las penas del mundo: era colonia de un Imperio, que ya dejaba de serlo pero que se seguía aferrando a sus posesiones en el Nuevo Mundo. Y su pena era tan grande que decidió abandonar los juegos de críos para estudiar debidamente con su maestro Mendive y ayudar  a la causa cubana: la lucha por la independencia. Su padre fue Mariano Martí Navarro, su madre Doña Leonor Pérez Cabrera, ambos españoles de origen, y sus siete hermanas: Leonor, Mariana, María del Carmen, María del Pilar, Rita Amelia, Antonia y Dolores. Juntos vivieron una temporada en la casita de Paula, pero los trabajos del padre lo llevaron a recorrer otras zonas de Cuba. Estos viajes le hicieron comprender la triste realidad de su patria, y escribir en palabras, con apenas diesiciéis años,  lo que su corazón gritaba, un corazón en el caben todos los cubanos:

El amor, madre, a la patria,

No es el amor ridículo a la tierra,

Ni a la yerba que pisan nuestras plantas,

 Sino el odio invencible a quien la oprime,

Es el rencor eterno a quien la ataca.

Por sus ideas revolucionarias, su palabra dura, sincera, transparente, cumplió años de presidio. El gobierno español no le perdonaba que sintiera como propia la esclavitud de los hombres, las cadenas de la opresión, las injusticias todas. Una vez desterrado, no pudo olvidar a su bandera, a su Cuba querida, ya era esclavo de sus doctrinas y empezaban a brotar las flores: fundaría el Partido Revolucionario Cubano y organizaría la Guerra del 95. Este niño, ya hecho hombre fue un político, un pensador, un revolucionario, un filósofo, un poeta, un periodista y un cubano de pura cepa.

Versos no fue lo único que escribió. Su sensibilidad lo llevó a entender que los niños son la esperanza del mundo y que desde la infancia hay que inculcar los buenos sentimientos, por lo que dedicó una parte de su obra a esos pequeños que serían los hombres del mañana, los continuadores de la obra de la revolución. Para ellos entonces creó una revista titulada La Edad de Oro, en la que si miramos bien encontraremos excelentes textos, en los cuales se visibilizan los rasgos de decoro que deben ostentar los hombres nuevos: los que fundan y construyen: Tres héroes, Bebé y el señor Don Pomposo, Los zapaticos de rosa, La muñeca negra, El camarón encantado… ¡Y ya lo habrán adivinado, ese gran hombre no es otro que nuestro José Martí, el apóstol de Cuba y el amigo sincero de todos los  niños de América!

Martí nació en Cuba, una pequeña isla del Caribe, el 28 de enero de 1853 y murió en Dos Ríos, el 19 de mayo de 1895, apenas unos meses después de reiniciada la guerra por los mambises. Ese aciago día una bala española apagó su vida, pero no su estrella, la que luce en su frente e ilumina y mata. Sus ideas permanecen y sirven de guía a todos los cubanos, incluso hoy a más de un siglo de su desaparición física. Por eso, para ese amigo sincero que nos dio su mano franca, cultivaremos por siempre la rosa blanca.

 

 

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