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La guerra sucia contra Venezuela no se detiene

Por Felicita Rivero

Venezuela hoy es agredida, brutal y frenéticamente.

Es Venezuela un país que intenta levantar su Revolución Bolivariana y el Socialismo del siglo XXI  en una tierra agraciada por Dios, pletórica de recursos minerales y hasta de oro negro: petróleo. Esta feliz circunstancia la ha vuelto el objeto del deseo de EE.UU., cuya política exterior se asienta, siempre, en el saqueo de los recursos naturales de los pueblos. Así que de ninguna manera se le puede permitir la herejía de timonear su destino como nación y seguir los pasos del socialismo. Oponer resistencia al Imperio resulta inadmisible, instantáneamente se ha convertido en «un peligro para la región».  Y tiene que ser eliminada. Y desde los inicios mismos, cuando Chavéz lideraba, empezaron los ataques.

La arremetida ha sido implacable.

Y todavía se prolonga.

No solo en los medios de comunicación, el llamado cuarto poder, o en las calles venezolanas la oposición hace la guerra al gobierno legítimamente elegido por el pueblo. Tergiversar, difamar o incendiar avenidas apenas es suficiente. Para posicionar una matriz de opinión que justifique y obtenga el apoyo incondicional del público, de aquí y también allende los mares,  a favor de la destitución del presidente, la instauración de un no tan nuevo orden político, e incluso de los actos de vandalismo/terrorismo durante sus marchas de protestas (guarimbas), necesitan apelar además a la Cultura; esa brecha que ha quedado sujeta a la más cruenta de las subversiones, pues por pertenecer al espacio de la creación muchas veces no se le presta la atención debida y es utilizada por las grandes empresas de comunicación como un arma más de desestabilización. Estrategia esta tan peligrosa que se ha vuelto la propaganda no tan subliminal de nuestros tiempos. El televisor, ese miembro inseparable de la familia, será su portavoz.

En una sociedad consumista a escala global, las series de televisión elaboradas en las entrañas del monstruo, EE.UU., se vuelven el producto cultural más validado por los receptores. Todos la siguen con fruición, e incluso la toman como un modelo de vida a seguir, porque aunque existe un pacto tácito entre los destinatarios y sus autores de que es un producto de ficción, indudablemente lleva un mensaje ideológico velado entre los vericuetos de su trama. No por casualidad el Imperio se aprovecha de ello, justamente para sancionar su ideología ante las masas como «la verdad total» —o «pensamiento único», si nos apegáramos a las palabras de Marshall Mc Luhan—. En estas series, podemos añadir películas, noticias y comic, si las razonamos cuidadosamente, y no solo disfrutamos, alcanzaremos a observar el triste papel que le dejan al resto de los pueblos: los latinoamericanos encarnan a los narcotraficantes o delincuentes comunes, los árabes a los terroristas, los chinos y rusos personificarán al eterno enemigo de la democracia que ellos representan. No importa si en nombre de ella el gobierno norteamericano promueve sistemáticamente el terrorismo de estado, las guerras, el atraco de recursos, el hambre y la destrucción de nuestro planeta.

Apoyándose en estas creencias, implantadas desde hace décadas en el imaginario colectivo, ahora les toca el turno a los venezolanos de ejercer el papel de villanos. Unida a su condición impuesta de narco-delincuentes se le suma otra nueva característica, la de terroristas. ¿Por qué? Por el delito de abrazar las ideas de izquierda y levantar una revolución bolivariana y socialista en el corazón de América Latina.

Penalizados a escala cultural, la arremetida no se hace esperar. Desfilarán en algunos de los episodios de estas famosas series las referencias al proceso político actual, siempre marcado peyorativamente, a la par que presentarán algún personaje similar a Hugo Chávez o vinculado a la revolución con tintes de dictador, corrupto y en extremo peligroso. Incluso hasta puede figurar Caracas como escenario de fondo, un poco maltrecho arquitectónicamente, de manera que quede evidencia visual del subdesarrollo en que está sumido el país, sinónimo de corrupción, inseguridad y atraso. Los ejemplos a citar son muchos, entre los más memorables mencionaremos The Good Wife, Homeland, NCIS Los Ángeles, y más recientemente Quántico, en cuyo capítulo exponen cómo unos agentes de la CIA deben detener a un agente terrorista del gobierno venezolano. No es broma ligera el impacto que tienen en la construcción de la ideología profunda del individuo estos mensajes; implícitamente buscan persuadir a la audiencia de que hay un mal a erradicar en Venezuela, premisa que fortalecen de manera directa en la transmisión diaria de noticias sobre el país, enfatizando solo uno de los aspectos de la realidad percibida, para así promover una interpretación parcial y deformada a conveniencia de los acontecimientos sociales que allí ocurren.

Así hicieron con Irak y la falsa acusación de la existencia de armas de destrucción masiva. Este es un recurso más que socorrido, e incluso desprestigiado por el uso. Constituye la estrategia para sustentar desde una invasión hasta la subvención de las acciones de la oposición. Pero lamentablemente, no por archiconocido, pierde su efectividad; todavía engañan a muchos. Por eso no podemos callar, ni dejar de denunciar la campaña mediática a la que está siendo sometida Venezuela. Desde todos los frentes es atacada. En el orden económico, político y cultural. Realmente quieren aniquilar esa revolución.

Venezuela sí representa un peligro. Muy peligroso resulta en nuestros tiempos defender la dignidad humana, darle voz a los desposeídos y trabajar por el bien común. Podrían otros países seguir su ejemplo.

¡Gloria al bravo pueblo…!

 

 

 

 

 

 

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