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Recordando a Eduardo Galeano

Por Felicita Rivero

Cuando me enteré hace ya dos años de que el autor de El libro de los abrazos había muerto no lo podía creer. Apenas intenté abrazarme a mí misma, en un gesto de conmiseración por todos nosotros, los nadies, quienes habíamos encontrado en su pluma irreverente una voz que hablaba, alto y claro, de las injusticias de este mundo. Un mundo que por momentos pareciera abandonado a su suerte. Y me pregunté: ¿Ahora quién rescatará la memoria secuestrada?

América Latina tenía en él un amigo, un historiador que veía por los vencidos y no por los vencedores, un hombre leal a sus tradiciones, a su Cultura.  Plantaba batalla cada vez en el terreno cultural, justamente donde se está librando en la actualidad la más cruenta cruzada; donde se definirá en esta aldea global los verdaderos vencedores. Si como nación desechamos el legado de nuestros antepasados habremos caído nuevamente en lo que llamara Martí la gran pena del mundo: la esclavitud de los hombres, porque, y citemos a Fidel: «Sin cultura no hay libertad posible. La certeza de ese pensamiento, que no se limita a la cultura artística, sino que implica el concepto de una cultura general integral, incluyendo preparación profesional y conocimientos elementales de una amplia gama de disciplinas relacionadas con las ciencias, las letras y las humanidades…»

Recuerdo ahora el primer libro que me leí de Galeano. Fue por pura casualidad, esas que no están escritas pero que parecen milagros de Dios. Tenía solo diecinueve años y me apremiaba la lectura de los clásicos. Nos bastaba en aquel entonces para ser felices un buen libro y una pizza. Una amiga me sorprendió con un regalo «para hacer de mi vida un lugar mejor», así me dijo, y después me entregó un ejemplar de Las venas abiertas de América Latina. Ya por ese entonces había caído frente al pelotón de fusilamiento junto a Aureliano Buendía. Solo me faltaba Galeano para completar el ciclo de lectura que te lleva a peregrinar entre él y Gabriel García Márquez con su extraordinaria novela Cien años de soledad. Quedé tan fascinada que esperaba algún día tener el privilegio de conocerlo, al menos de cruzar unas pocas palabras o entrevistarlo. No sé, lo que el azar concurrente me permitiera. Y sí lo permitió.

A este escritor uruguayo lo conocí una tarde de verano, de esas que solo en Cuba es posible vivir: calor tórrido, fresca cultura agitando los corazones. Estábamos en un conversatorio sobre diversos temas, porque sería un pecado decir que este genio de las letras, este par de aquel hidalgo de la Mancha, se ciñe a un único tema. La conversación versaba sobre las complejidades de escribir, a ratos sobre las tradiciones de nuestros pueblos, hasta de fútbol. Entre mis manos guardaba un ejemplar del último de sus libros llegado a mí: El tigre azul y otros artículos. Mi expreso deseo era que lo autografiara, algo que pocas veces le he pedido a un escritor. Aun conservo en mi biblioteca este ejemplar, muy especial y querido, junto a una novela de Daniel Chavarría El ojo de Cibeles, otro grande de las letras de Uruguay.

Hoy escribo estas palabras a manera de agradecimiento y disculpa, pues inmersa en los últimos acontecimientos que estremecen la geografía de los pobres de la tierra, la feroz guerra mediática contra Venezuela, olvidé su aniversario.  Pero me reconforta que el mundo no. Desde muchos lugares otros han recordado su labor revolucionario y han publicado nuevamente muchos de sus más memorables artículos, que aun cuando algunos hayan sido escritos una década atrás no han perdido su vigencia. Tan lamentable sigue siendo la situación política en el planeta. Lo positivo es que su legado no se perdió, y que aunque su pluma calló, otros tomaron su lugar y siguen dando la pelea por los nadies de los tiempos que corren. Y aunque el advenimiento del nuevo siglo nos sorprendió sin las garantías de libertad cumplidas, sin aquellos estrafalarios adelantos tecnológicos vendidos por la ficción hollywoodense, al menos nos queda el derecho a soñar. Derecho que reivindica Eduardo Galeano en uno de sus artículos y que me permito compartir, porque ese derecho irrecusable del ser humano nadie no los puede arrebatar; porque por él hoy Venezuela está dando la batalla para mantener una revolución hecha por el pueblo y para el pueblo, para los desclasados que un día junto al gigante Chávez se levantaron contra el neoliberalismo, los EE.UU. y las burguesía entreguista.

El derecho de soñar

Por Eduardo Galeano[1]

Vaya uno a saber cómo será el mundo más allá del año 2000. Tenemos una única certeza: si todavía estamos ahí, para entonces ya seremos gente del siglo pasado, y, peor todavía, seremos gente del pasado milenio. Sin embargo, aunque no podemos adivinar el mundo que será, bien podemos imaginar el que queremos que sea. El derecho de soñar no figura entre los treinta derechos humanos que las Naciones Unidas proclamaron a fines de 1948. Pero si no fuera por él, y por las aguas que da de beber, los demás derechos se morirían de sed.

Deliremos, pues, por un ratito. El mundo, que está patas arriba, se pondrá sobre sus pies:

– En las calles, los automóviles serán pisados por los perros.

– El aire estará limpio de los venenos de las máquinas y no tendrá más contaminación que la que emana de los miedos humanos y de las humanas pasiones.

– La gente no será manejada por el automóvil, ni será programada por la computadora, ni será comprada por el supermercado, ni será mirada por el televisor.

– El televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia y será tratado como la plancha o el lavarropas.

– La gente trabajará para vivir, en lugar de vivir para trabajar.

– En ningún país irán presos los muchachos que se nieguen a hacer el servicio militar, sino los que quieran hacerlo.

– Los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas.

– Los cocineros no creerán que a las langostas les encanta que las hiervan vivas.

– Los historiadores no creerán que a los países les encanta ser invadidos.

– Los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas.

– El mundo ya no estará en guerra contra los pobres, sino contra la pobreza, y la industria militar no tendrá más remedio que declararse en quiebra por siempre jamás.

– Nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión.

– Los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños de la calle.

– Los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero, porque no habrá niños ricos.

– La educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla.

– La policía no será la maldición de quienes no pueden comprarla.

– La justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda.

– Una mujer, negra, será presidenta de Brasil, y otra mujer, negra, será presidenta de los Estados Unidos de América. Una mujer india gobernará Guatemala, y otra, Perú.

– En Argentina, las locas de la Plaza de Mayo serán un ejemplo de salud mental, porque ellas se negaron a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria.

– La Santa Madre Iglesia corregirá algunas erratas de las piedras de Moisés. El sexto mandamiento ordenará: “Festejarás el cuerpo”. El noveno, que desconfía del deseo, lo declarará sagrado.

– La Iglesia también dictará un undécimo mandamiento, que se le había olvidado al Señor: “Amarás a la naturaleza, de la que formas parte”.

– Todos los penitentes serán celebrantes, y no habrá noche que no sea vivida como si fuera la última, ni día que no sea vivido como si fuera el primero.

 

 

[1] Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 26 de diciembre de 1996 en el periódico El País.

 

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