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Una mirada a sus entrañas (I)

Suficientes y buenos análisis han incluido nuestros medios acerca de la coyuntura electoral estadounidense donde lo banal, lo teatral y el bajo nivel ético de ese proceso han sido correctamente expuestas. En no pocos trabajos se ha reflejado los vaivenes del rejuego electoral.

Por tanto, aquí no pretendemos apuntar a la coyuntura, sino, modestamente ofrecer elementos acerca de esa sociedad o, más bien, sobre algunos rasgos de la misma en la actualidad, de su sistema político y de las tensiones que la aquejan. Es un país muy complejo, de mucho peso, y el alcance de nuestro análisis será necesariamente limitado.

¿Un sistema político manipulador y estable?

A pesar de su creciente descrédito, y de las sacudidas ocurridas en las últimas cuatro décadas, el sistema político e institucional estadounidense ha seguido un desenvolvimiento bastante estable y muy poderosos intereses especiales corporativos dominan la vida económica y política del país. La élite oligárquica, en particular el llamado establishment del Nordeste, aun en medio de sus contradicciones y en alianza con otros centros regionales de poder, sigue contando con instituciones sólidas, una clara hegemonía en la política doméstica y consenso en lo esencial de su política exterior.

¿Qué le ha permitido a los Estados Unidos contar con un sistema político estable a pesar de la tradición y tendencias violentas en su sociedad? ¿Es tal estabilidad sostenible en el tiempo?

EE.UU. siempre fue una república con protecciones constitucionales y extra-constitucionales para los súper-ricos. El sistema político del país coloca el poder en manos de la plutocracia y los banqueros a expensas del resto de la ciudadanía, pero se cubre con una fachada democrática. Esa democracia contrahecha y manipulada no es representativa del espectro ciudadano. De hecho, representa a las minorías privilegiadas, que alternan en poder relativo y se ocupan de crear día a día la fachada que hace pasar sus intereses por los del conjunto de la población. El aparato legislativo, tanto federal como en cada uno de los 50 estados, es totalmente bipartidista, compuesto casi por completo por abogados de bufetes corporativos, no pocos ex ejecutivos de empresas y millonarios (tal como ocurre también con los principales decisores de política en la rama ejecutiva).

Muchos y muy serios estudios académicos acerca de la relación entre las actitudes de la gente y las políticas públicas demuestran que para la formulación de estas importa bien poco lo que el público piensa. Los ciudadanos ordinarios virtualmente carecen de influencia alguna sobre lo que hace el gobierno de los Estados Unidos y muy poca sobre las posiciones de sus propios representantes. La influencia aumenta según la escala de ingresos.

La mayor parte de los políticos sobrellevan y se acomodan a las injusticias obligados por sus vínculos con el gran capital, los grandes bancos y corporaciones y mayormente dan la espalda a los pobres y a los trabajadores.

Para los Federalistas que construyeron la institucionalidad inicial estadounidense la representación no era un modo de establecer, sino de evitar, o al menos evitar parcialmente, la democracia. La existencia del llamado Colegio Electoral’ convierte el resultado en cada estado, por estrecho que sea, en la asignación de todos los cupos al ganador y en la persona de sus representantes, para que estos después formalicen la elección del presidente. Se evita que el presidente sea elegido directamente por una mayoría popular, sino a través de unos cuantos centenares de electores en los cuales se deposita la voluntad ciudadana. De cierto modo, junto al duopolio bipartidista, el colegio electoral también coadyuva a encubrir la amplitud de los conflictos que subyacen en el país.

De manera creciente ha emergido un profundo ambiente de descontento público y una persistente desmovilización del electorado ante ese sistema corrupto diseñado para presentarles opciones limitadas, ofrecerles escoger entre candidatos de derecha o de centroderecha; aquellos que son aceptables a las élites corporativas. Hay una multiplicidad de conflictos y grupos que presionan por sus demandas lo cual deviene en un fuente adicional de tensiones estructurales.

Mientras – y esto es bien significativo -, las abundantes carencias y notorias desigualdades no llegan a convertirse o nutrir significativamente fuerzas políticas alternativas de peso. En un orden federalista, con diversos niveles de descentralización, y múltiples intereses sectoriales y regionales, polarizado en colisiones de todo tipo – y con una población negra numerosa poco asimilada y el arribo constante de inmigrantes carentes de derechos legales –, ocurre que la resistencia a nivel político se mantiene subsumida, sin que el descontento se convierta en una real alternativa política fuera del bipartidismo.

Las razones de ello son complejas y múltiples.  Trataremos de apuntar algunas de ellas:

Hace unos años, el prestigioso académico Richard Falk señalaba: “Parece extraño que esta combinación de proceso democrático y descontento público no se transforma y se expresa en un movimiento radical de masas de algún tipo. Por el contrario, en general, los sectores desfavorecidos aparecen como desalentados y débiles; incluso las agrupaciones sindicales no han actuado para proteger sus intereses en el plano político y económico. El descontento de derecha, aunque mejor organizado, también ha sido mayormente marginalizado”.

De entre la multiplicidad de factores y rasgos de un país tan complejo que explicarían su estabilidad bajo un claro control oligárquico, me permito mencionar los siguientes:

  • Ciertamente, en primer lugar, su posición privilegiada en lo económico a nivel global, con su moneda como principal instrumento del comercio y las reservas mundiales, que le permite trasladar muchas de sus contradicciones y tensiones al exterior y tener allí buena parte de sus bases de sustentación.
  • el acople existente entre los sistemas eleccionario, de partidos y mediático, manipulados para garantizar resultados siempre favorables a los intereses imperiales y de negocios, y explotar, para ello, las múltiples contradicciones y recelos existentes en la sociedad.
  • cierta sensación de impotencia ciudadana ante la apariencia inalterable del sistema político; resistente a la reforma y que todavía se rige por una venerada Constitución adoptada más de dos siglos atrás;
  • factores históricos, demográficos, económicos y políticos que permitieron aplastar las luchas obreras y han mantenido a las masas trabajadoras fragmentadas y a los segmentos sindicalizados bastante marginados y/o cooptados.
  • La manipulación de las diferencias y resentimientos raciales coadyuva a relegar la identificación de clase e impedir la confluencia entre los oprimidos.
  • La alta visibilidad y presencia de los políticos neoliberales y de los expertos conservadores que predominan en los medios corporativos de difusión, que actúan con eficacia y profesionalismo pero en función de los grupos de poder (y en complicidad con los mismos), hacen muy difícil que visiones alternativas tengan mucho impacto.
  • Buena parte de la intelectualidad coopera al clima de desmovilización. Ella incluye un sector liberal, supuestamente progresista, generalmente críticos de los excesos del capitalismo pero tolerados por la élite del poder, quienes en definitiva coadyuvan a desacreditar verdaderas alternativas, a mantener a capas desafectas de la población dentro de los causes del sistema vigente.
  • Función de primer orden les corresponde al sistema educacional, el control oligárquico de los medios y la llamada industria del entretenimiento que se traduce en un casi total control monopólico de las ideas y la información, que crea un clima de opinión favorable al status quo, al sistema imperante o, mejor dicho: a la representación idealizada del mismo.
  • Con los métodos más sofisticados se moviliza la opinión ciudadana en favor de conceptos vacíos o se desvía su atención de las cuestiones que realmente tienen significado. Ello es parte de lo que algunos han llamado la ‘ingeniería del consentimiento’, que incluso describen como la ‘esencia de la democracia’.

  • Un elemento importante ha sido la capacidad que ha mostrado el sistema para absorber, e incluso dar cabida en su seno, distorsionándolos, las demandas y movimientos en pro la igualdad y los derechos, y su vez de propiciar cierta inclusión y cooptar a sus élites.
  • Por otro lado, el sistema se sostiene en el ámbito federal y de un inmenso país, en el que los ataques contra algunos de sus puntos (instituciones, ideas, símbolos) no le producen gran daño a la totalidad, únicamente se forman agujeros y grietas puntuales o locales.

Otro ángulo muy importante, que también de una manera u otra conlleva al consentimiento y la desmovilización, son los grilletes y obligaciones económicas que amaran a la gente y que se re-forjaron con las tarjetas de crédito y luego a través de sus hipotecas. Esa dependencia se hace más marcada dado que el sistema va lanzando hacia el mercado más aspectos de la vida que antes eran marginales a la economía. Se genera un ambiente de todos contra todos, con decenas de millones endeudados o que luchan por su sobrevivencia individual y por conservar sus puestos de trabajo, que temen les sean arrebatados por las llamadas ´minorías´ y por los nuevos inmigrantes.

Hay de hecho toda una serie de factores económicos, políticos y tecnológicos que se refuerzan mutuamente en esos sentidos.

Debe entenderse cuan atrapado en sí mismo se encuentra el pueblo estadounidense en una guerra contra una siempre cambiante colección de ‘malignos enemigos’, cuya amenaza parece ser un factor que se requiere mantener para la unidad de un país tan diverso.

Las masivas protestas contra la guerra en Vietnam marcaron profundamente los círculos de gobierno en Washington, cuyo pánico detrás de la escena produjo el reconocimiento de que se hacía necesario hacer grandes inversiones en propaganda doméstica para asegurar el apoyo público a futuras aventuras imperiales o al menos su confusa aquiescencia.

Se desarrolló un proyecto para mantener a la gente temerosa y dócil, y para conformar lo que llaman ‘administración de las percepciones’.

  • La llamada guerra contra el terrorismo vino como anillo al dedo para confundir y manipular a las mayorías ciudadanas, que ‘buenamente’ han venido cediendo muchos de sus derechos.
  • La guerra proyectada como un espectáculo ha contribuido a que una ciudadanía relativamente activista y preocupada por la paz y los derechos – como durante la era de Vietnam – se haya convertido en una audiencia mayormente pasiva, o sujeta a una histeria bélica.
  • Además, el manejo a la vez selectivo y descarnado de la información, y la dinámica entre lo secreto y lo espectacular de los hechos de gobierno – bien sean las agresiones y asesinatos extralegales con aviones no tripulados o las revelaciones acerca de la tortura y el espionaje doméstico masivo –, ha devenido casi un teatro colectivo y cínico.
  • Sumemos a todo lo anterior la fuerte tradición de “liberalismo individualista” enraizada en la conciencia y la imagen de país de oportunidades y de una supuesta movilidad social en ascenso, que se calzó sobre todo en los años del auge de post guerra y con un libreto ampliamente divulgado e interiorizado incluso por las clases bajas.
  • Mientras, infinidad de conflictos políticos se canalizan y diluyen por medio de legalismos y enrevesados procedimientos judiciales, afectados por el soborno creciente y el poder del dinero.

¿Bastará el belicismo, la inculcación del miedo, las manipulaciones de distintos tipos y los demás factores mencionados para mantener estable a un país con tantas y tan explosivas tensiones?

Varios asuntos vienen a la mente. Mencionemos solo las crecientes desigualdades, la evolución demográfica y la discriminación, en presencia de la peligrosa ideología de supremacía blanca que inhibe la cohesión social entre la población del país. O también, entre otros, los 300 millones de armas de fuego de todo tipo en manos de la población, y los grupos supremacistas paramilitares armados que se atrincheran aquí o allá, pretenden efectuar ‘cruzadas’ de diversos tipos, o se convierten en factores de terrorismo doméstico.

Algunos analistas advierten que la nación no será sostenible a largo plazo si no se corrigen las marcadas y crecientes desigualdades que afectan a las personas ´no-blancas´ que serán la mitad de la población del país y mayoría en varios estados hacia mediados de este siglo. Hoy día esas poblaciones tienen tres veces mayor probabilidad de estar en la pobreza que los blancos, el doble de estar desempleados, con varias veces menos bienes e ingresos que la otra mitad de la ciudadanía, y con nueve años menos de esperanza de vida.

Son asuntos ignorados durante el debate electoral y que el rejuego coyuntural de intereses y el control plutocrático de las instituciones y de los que deciden las políticas se muestran incapaces de atender con la seriedad que la magnitud que ese y otros problemas requieren.

Articulo tomado de un capítulo de libro del autor en proceso de edición

Tomado de Alainet

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