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Leer la historia, leer en la gente

lecturaPocas veces, desde las editoriales que en Cuba presumiblemente trabajan para los niños y jóvenes, se tiene la imagen real del lector para el cual publicamos cada año muchísimos libros. Incluso en una librería especializada como El Cochero Azul, no siempre la demanda insatisfecha que se recoge es todo lo real que se deseara.
Jornadas como Lecturas del Verano, La noche de los libros, Lecturas en el Prado, Leyendo espero y Leer la historia, han ido marcando el paso sobre nuestro conocimiento de qué necesita la gente, qué le gusta de cuanto producimos y también sobre el modo en que nuestros planes editoriales no siempre la satisfacen, sobre todo por sus carencias.
Durante la reciente jornada Leer la historia que, entre el 15 y el 20 de diciembre, se organizó en diversas escuelas de Centro Habana, Habana del Este y otros municipios, como escritor y editor fui testigo de la avidez y entusiasmo, sobre todo de los muchachos y algunos bibliotecarios identificados con su trabajo (no así siempre de los maestros) por los libros que se les mostraban.


Fue una experiencia gratificante y hermosa, pero que se puede planificar mejor a partir de guardar una producción más especializada dirigida a ese momento y no solo rescatar los libros que existan en almacenes, pues había escuelas en las que a veces solo se presentaban un par de títulos.

Por ejemplo, cuando se les mostraba a los niños la serie de los acordeones de Gente Nueva o se hablaba de ¿Cómo era el Ché? o Cien preguntas sobre José Martí y Cien preguntas sobre Historia de Cuba, les brillaban los ojos con expectación y siempre venía la misma pregunta: ¿Y dónde están?, lo que hace pensar que un esfuerzo promocional como el realizado en los medios, pudiera respaldarse mejor con esa producción cuidadosamente seleccionada, amén de que la escuela no es el único punto a donde pudiera llegar la jornada, pues hay un interesante entorno por explorar en los centros de trabajo, de producción y servicios.

Un libro muy aceptado fue Árboles mambises, de Dulce María Sotolongo y mucho más cuando se les hablaba a los niños de que gracias a su conocimiento del medio ambiente y los secretos de cada planta, nuestros patriotas consiguieron diezmar a un poderoso ejército invasor y revertir el curso de la guerra.
Igualmente fue muy alentador ver cómo en diversas escuelas los niños se proponían espontáneamente para hacer dúos poéticos y declamar, ante la emoción de padres y maestros, Canción antigua al Ché Guevara, de Mirta Aguirre, libro que Gente Nueva llevó de su mano por diversos centros estudiantiles.
El hecho de que por esos días arribaran a Cuba los tres hermanos que habían estado prisioneros en el imperio y en la Isla entera solo se hablara de la próxima reanudación de relaciones diplomática entre Cuba y USA también propició darle un sesgo especial a la jornada, pues todos los cubanos éramos conscientes de que estábamos viviendo y haciendo la historia, como ha sido siempre en cada momento del devenir nacional.
Esta jornada Leer la historia no fue simplemente una mera acción comercial de fin de año, sino un bien promocionado programa de comunicación con los lectores que nos enseñó a leer mejor en la gente para conocer sus gustos, sus aspiraciones y demandas insatisfechas.
Del mismo modo, nos permitió leer en la vida cotidiana de las personas y redescubrir a ese público que, lamentablemente, a veces no conocemos, porque no frecuenta las librerías, no siempre acude a las ferias del libro o prefiere emplear su tiempo libre de otro modo.
El próximo año deberemos leer la historia nuevamente y con toda seguridad será con resultados superiores, sobre todo si se aplica una logística promocional más estudiada adelantando previamente a los centros estudiantiles la información gráfica (con volantes, etc.) de cuáles libros se van a presentar y se busca un buen catálogo de obras para cualquier edad (y se lee no solo la historia cubana sino la universal) que respalden esta jornada.
Leer la historia, además de sus éxitos comerciales con la venta de numerosos libros, demuestra una vez más que si el lector no busca al libro, este debe ir tras el lector. Los únicos responsables somos los tantos mediadores que existen entre libro y lector: artífices de que este milagro de comunicación se produzca para cada título que a diario vea la luz.

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