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La Cultura no tiene momento fijo. Villena, el poeta

Por Felicita Rivero

No son pocos los que conocen a Rubén Martínez Villena, el incansable luchador. Todos recordamos de nuestros estudios la Protesta de los Trece o la frase lapidaria con la que etiquetó para la posteridad a Gerardo Machado, el asno con garras. Mas sí son muchos los que desconocen su otra faceta: poeta de amor. Su sensibilidad, la misma que lo condujo a escribir poemas tan bellos como La pupila insomne, Canción del sainete póstumo o algunos de sus sonetos, no le permitió apartar la mirada de la situación política que vivía Cuba por aquel entonces. Y se convirtió en una de las principales figuras revolucionarias de su época. Alguien que consagró su vida a luchar por la justicia, el pan y la belleza…
Pudiéramos hacer entonces una breve semblanza de su vida como líder revolucionario: contribuir con la Universidad Popular José Martí, organizar la huelga general de agosto de 1933, guiar el primer congreso de Unidad Sindical, solo que volveríamos a cometer el pecado capital de relegar al olvido su arte. Y su arte también es una manera de luchar por la libertad. Conocer su otro yo, ese que le cantaba al amor, a los celos, a la vida y a la muerte, es otra manera de adentrarnos en la Historia. Su historia personal y la de su tiempo. Desde la Cultura y en la cultura se forman valores, para defender nuestra nacionalidad como país, e incluso continente. La América toda no puede renunciar a lo que la distingue; si lo hiciera sería como volver a ser colonizada. Ahora que la belleza ya no es un remordimiento, un gravamen de conciencia, en nuestra tierra, dejemos brotar el verso:
Soneto

Te vi de pie, desnuda y orgullosa
y bebiendo en tus labios el aliento,
quise turbar con infantil intento
tu inexorable majestad de diosa.

Me prosternó a tus plantas el desvío
y entre tus piernas de marmórea piedra,
entretejí con besos una hiedra
que fue subiendo al capitel sombrío.

Suspiró tu mutismo brevemente,
cuando en la sed del vértigo ascendente
precipité el final de mi delirio;
y del placer al huracán tremendo,
se doblegó tu cuerpo como un lirio
y sucumbió tu majestad gimiendo.

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